sábado, 17 de octubre de 2015

Poética, III. Metro y catarsis.

Pocas obras tan influyentes y determinantes como la de Aristóteles. Su Poética deslumbró y guió a generaciones de letrados durante veintitrés siglos. Pero no consiguió torcer por un momento la opinión común que ya en vida le era contraria. 

Pues no tenemos un término común para aplicarlo a los mimos de Sofrón y de Jenarco y a los diálogos socráticos, ni a la imitación que alguien quisiera hacer en trímeros yámbicos o en versos elegíacos o versos semejantes -pero la gente, asociando el quehacer poético al metro, a unos denominan poétas elegíacos, a otros poetas épicos, atribuyéndoles el nombre de poetas no por lo que imitan, sino por el metro. Efectivamente, si es que exponen en verso algún tema de medicina o física, acostumbran a llamarlos así; y sin embargo, nada tienen en común Homero y Empédocles, salvo el metro. 

La costumbre general de asociar poética al metro ha perdurado hasta hasta nuestros días incluso cuando los versos ya no riman y el poema es una simple forma de impresión, un mero grafismo, una torre de palabras en el papel para un lector silencioso o un teatrillo de lectura declamada, sobreactuada.

Para Aristóteles no era poeta el que componía versos sino el que recreaba la realidad mediante el leguaje, el mimo, la pintura o cualquier otra arte. El poeta de Aristóteles es lo que hoy llamamos de forma genérica artista, aunque él mismo ciñera su tratadillo a lo literario y, de forma específica, a la tragedia.  Por el contrario, la percepción  común -vulgar- de la poesía como técnica de rimar se desentiende de evaluar todo efecto íntimo de un arte en el espectador y atiende solo a lo que es más superficial: el mero artificio de versificar. Así pues, la cuestión parace plantearse así: ¿fondo o forma?, e incluso admite una formulación política muy del gusto de Aristóteles: ¿élite o masa? Por supuesto, la élite la forman aquellos que pueden penetrar la verdad oculta tras las apariencias. 

Si hay algo que pueda resumir a Aristóteles es la exaltación de la lógica, es decir, de la palabra bien ordenada y veraz. Todo el pensamiento de Aristóteles tiene como fin lograr la coherencia y la continuidad del discurso. La poética pues, también debe ser lógica, y esta lógica se mide en la exactitud con la que reproduce aquello que imita. Durante siglos, Poética de Aristóteles fue la referencia formal de la crítica y la teoría literaria. Incluso en su reinterpretación más cientificista, como teoría de la comunicación, la teoría literaria encontró en Poética un anticipo del esquema clásico de emisor - mensaje - receptor que McLuhan reveló definivamente falso. La revolución de McLuhan con su famoso dicho de "el canal es el mensaje" es la realidad a la que atiende la perecpción común al restringir la poesía, incluso dentro de lo literario, a la técnica versificadora. En tanto que canal, el verso y la rima imponen su propio mensaje, y la diferencia entre lo que pueda transmitir un poeta o un pintor de una realidad dada no es de grado o de modo, como se puede deducir de Aristóteles, sino sustancial, esto es, modificando aquello que se pretendía transmitir.  

El verso no es un habla común, no es natural en el sentido de que requiere un esfuerzo suplementario, una preparación y un plan. Versificar es un costoso artificio y una rara habilidad, y oír en verso hace evidente un artificio y un arte. La utilidad del verso es que al ofrecer una concordancia rítmica y musical en el mero sonido, libera las palabras de sus ataduras corrientes y les permite nuevas concordancias y significados, libertades que sin el soporte del ritmo se harían de muy costosa digestión o pasarían desapercibidas para quien las escucha. 

La teoría literaria y artística de Aristóteles fue desechada con la transfiguración romántica del arte, que de mero artificio reproductor pasó a ser creador de realidades. Entonces la obra de arte comenzó a considerarse como una genialidad del artista, un ser excepcional, dotado de un numen sobrehumano, trascendente.

Desechada la lógica Poética como referente de la moderna teoria literaria, el médico Josef Breuer se fijó en un aspecto menor de la obra de Aristóteles: la catarsis, es decir, la impresión subjetiva que la tragedia debía producir en el espectador. La catarsis o purificación era la justificación que hacía buena y necesaria la tragedia mediante la mejora moral del espectador; Breuer desarrolló su método catárquico para curar la histeria a través de mejora sicológica y Freud introdujo la catarsis en cultura popular. 

Lo divertido del asunto es pensar que Aristóteles consideraba la tragedia la forma poética más perfecta quizá porque era la fórmula que le producía una mayor impresión, es decir, una catarsis más íntima y profunda y todo su aparato lógico no fue más que un mero artificio con el que ensalzar su íntimo goce ante el espectáculo de la tragedia. 

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