miércoles, 16 de diciembre de 2015

DINOCAR


Entre la glándula pineal y la hipósfisis se localiza el primitivo y vital homúnculo, que activado por aquellas ediliza a concejal de Cultura y, en una fase superior, a Alcalde.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

9. El libro como ataúd. La momificación del momento.

El libro ha muerto, ha pasado su tiempo y su posición directriz en el mundo se ha desvanecido. Hoy es un objeto de otro tiempo, un residuo.

La identificación del libro con lo finiquitado es tal que comienza a primar en él su sentido escatológico, mortuorio. Ahora el libro es un objeto de culto en el sentido más trascendente de la palabra: se ha convertido en un fino relicario, un lujoso ataud para el más allá, una tecnología de momificación, y me lo confirma la noticia de una aplicación para editar conversaciones de whatsapp en forma de libro. Desconozco si les va bien o mal, si algún fondo de inversión ha apostado por convertir esta idea en una star-up o si sus promotores realmente se lo han tomado en serio, pero el proyecto empresarial es más que una anécdota, es un síntoma.

La promesa evidente de la oferta comercial es, por supuesto, la de capturar el momento literario y salvarlo para la posteridad. En este sentido, la propuesta comparte la eterna obsesión por trascender que nos espolea a fotografiar y grabar todo cuanto sucede a nuestro alrededor. Pero en la posmodernidad de internet estas fotografías y vídeos se generan no para ser atesoradas sino para ser compartidas y reproducidas o desechadas al instante, del mismo modo que las palabras de una conversación corriente, efímera, intrascendente y creadora. La imagen trasciende así a su propia causa -perdurar el instante- para adquirir los sentidos accidentales y fugaces en la secuencia de intercambio. Lo ocurrido a la imagen con internet es la recurrencia de hacer verbo del nombre, esto es, de dividir el significado del signo ordenándolos como sentido -entendido posterior- y causa -entendida anterior-.

Pero no me lío en las paradojas del entendimiento. El sentido del whatsapp y la razón de su éxito es hacer posible la conversación en la distancia y el tiempo, extender la cháchara, el comadreo y la tertulia a cualquier momento y lugar, trascender el cotilleo a la necesidad de la presencia física y la coincidencia temporal. El whatsapp da inmanencia a la trascendencia del grupo. ¿Qué puede añadir un libro a semejante oferta? Pues evidentemente nada.

Ya lo he dicho: la promesa de la oferta es trascender, solo trascender. Lo que el libro opera en la conversación del whatsapp es una resta: elimina toda inmanencia. En el libro impreso la conversación del whatsapp queda fijada, congelada, retratada para siempre. No olvidemos que el retrato es en origen un arte mortuorio. Tras la edición, el libro del whatsapp se convierte en un Álbum de fotos, un libro eminentemente litúrgico, ceremonial. Pegar las fotos familiares en un álbum era un acto solemne, era dar sepultura a los muertos que viven en nosotros, repasarlo era honrar su presencia en nuestra memoria, darle un sitio a los muertos que fueron y que somos.

jueves, 5 de noviembre de 2015

V3. Pues nada, que queremos fundar una República.


8. El libro como fetiche. Propiedad y tecnología. La caja rota.

El fetichismo es una idolatría, una confusión de la parte con el todo, de lo accesorio con lo sustancial, del medio con el fin. El fetichismo es una sinécdoque de forma y fondo, de continente y contenido, es, además, un síntoma de cansancio, un rebuscamiento de viejo. 

La idolatría y el fetichismo son una cosificación para dominar, para apoderarse de una fuerza libre, para controlar un deseo que nos arrebata, sea de sexo o de Dios. Reduciendo el deseo en objeto, manejamos aquél mediante el simple objeto, convirtiéndolo en herramienta para nuestro deseo. No dudo de su utilidad porque reconozco su razón: administrar la impotencia.




Empiezo a preguntarme si la resistencia del libro de papel (123) en este país tiene más que ver con el conservadurismo cultural y biológico más que con cualquier otro supuesto beneficio del papel. A muchos aún les pone abrir un libro y aspirar el papel, acariciarlo, hojearlo, ojearlo. Les devuele la sensación de control y otras viejas satisfacciones. Son inadaptados al cambio, refugiados del tiempo, pero en las librerías todavía se mueven con seguridad y soltura y el libro, en especial en esas ediciones más cuidadas y puntillosas, de un preciosismo obsoleto, les ofrece un remedo de las viejas dichas, eso sí, un tanto forzadas, con regusto. 

Cada vez más personas de la industria del libro son lo bastante honestas y modestas para reconocer que su gran problema con lo digital es que no saben qué hacer sin el papel, que no están culturalmente adaptados al cambio de roles, que no dominan sus modos, que se pierden en los canales de distribución, que no entienden nada, que se vuelven impotentes. Pero casi ninguno quiere reconocer que lo que muere es el libro mismo, que incluso el ebook no es más que una sombra del papel en digital, una proyección de un continente en un hiperespacio en el que carece de sentido.., en fin, que la caja del libro se ha roto. 


miércoles, 4 de noviembre de 2015

V2. KUNG FURY.




7. El libro como llave. El manual.

Hay libros que son puentes, libros que nos abren mundos nuevos, libros que son llave. De todas las posibles metáforas para representar este poder traslocador del libro, la de libro-llave es la que más me gusta. El libro llave/clave remite además a una cualidad común de estos libros de navegación, que es su dificultad técnica, jeroglífica. El libro-clave no solo nos desvela una sabiduría y un mundo ajenos, desconocido, nos impone una gramática esotérica que debemos desentrañar, aprender y ejercitar para adquirir su sabiduría. Los libros llave son duros manuales, libros de ejercicios, objetos de estudio en sí mismos.

La exigencia técnica del libro clave nos remite a su origen íntimamente ligado al de la propia escritura alfabética, es decir, no simbólica ni representativa. La opinión más común que atribuye la invención del alfabeto a la cultura comercial, práctica, económica de los fenicios resulta perfectamente comprensible si advertimos el símbolo alfabético -la cifra- como el instrumento que ligaba bienes y mundos a través de rutas secretas, reservadas y muy provechosas. 

La Biblia, por supuesto, tan pródiga a cábalas de todas clases, pero también el Corán son hoy los más universales libros clave. El mundo ha sido transformado en tal medida por ellos que hoy es casi imposible comprender cómo pudo existir religión alguna sin ellos. Tienen otras cualidades, desde luego, pero no serían lo que son sin esa posibilidad infinita que nos otorga su lectura. Todo el Evangelio no es otra cosa que una puerta al Paraíso. Y aunque se los tiene en las antípodas, son también libros-clave los manuales técnicos y científicos. Y toda la literatura de auoayuda funciona también como un libro llave. ¿Literatura? Sí, claro, ¿qué otra cosa si no? El libro llave es el más humano de los géneros literarios, es una confesión de la propia debilidad y de nuestra efímera condición. Un Dios jamás escribiría un manual. 

sábado, 17 de octubre de 2015

Poética, III. Metro y catarsis.

Pocas obras tan influyentes y determinantes como la de Aristóteles. Su Poética deslumbró y guió a generaciones de letrados durante veintitrés siglos. Pero no consiguió torcer por un momento la opinión común que ya en vida le era contraria. 

Pues no tenemos un término común para aplicarlo a los mimos de Sofrón y de Jenarco y a los diálogos socráticos, ni a la imitación que alguien quisiera hacer en trímeros yámbicos o en versos elegíacos o versos semejantes -pero la gente, asociando el quehacer poético al metro, a unos denominan poétas elegíacos, a otros poetas épicos, atribuyéndoles el nombre de poetas no por lo que imitan, sino por el metro. Efectivamente, si es que exponen en verso algún tema de medicina o física, acostumbran a llamarlos así; y sin embargo, nada tienen en común Homero y Empédocles, salvo el metro. 

La costumbre general de asociar poética al metro ha perdurado hasta hasta nuestros días incluso cuando los versos ya no riman y el poema es una simple forma de impresión, un mero grafismo, una torre de palabras en el papel para un lector silencioso o un teatrillo de lectura declamada, sobreactuada.

Para Aristóteles no era poeta el que componía versos sino el que recreaba la realidad mediante el leguaje, el mimo, la pintura o cualquier otra arte. El poeta de Aristóteles es lo que hoy llamamos de forma genérica artista, aunque él mismo ciñera su tratadillo a lo literario y, de forma específica, a la tragedia.  Por el contrario, la percepción  común -vulgar- de la poesía como técnica de rimar se desentiende de evaluar todo efecto íntimo de un arte en el espectador y atiende solo a lo que es más superficial: el mero artificio de versificar. Así pues, la cuestión parace plantearse así: ¿fondo o forma?, e incluso admite una formulación política muy del gusto de Aristóteles: ¿élite o masa? Por supuesto, la élite la forman aquellos que pueden penetrar la verdad oculta tras las apariencias. 

Si hay algo que pueda resumir a Aristóteles es la exaltación de la lógica, es decir, de la palabra bien ordenada y veraz. Todo el pensamiento de Aristóteles tiene como fin lograr la coherencia y la continuidad del discurso. La poética pues, también debe ser lógica, y esta lógica se mide en la exactitud con la que reproduce aquello que imita. Durante siglos, Poética de Aristóteles fue la referencia formal de la crítica y la teoría literaria. Incluso en su reinterpretación más cientificista, como teoría de la comunicación, la teoría literaria encontró en Poética un anticipo del esquema clásico de emisor - mensaje - receptor que McLuhan reveló definivamente falso. La revolución de McLuhan con su famoso dicho de "el canal es el mensaje" es la realidad a la que atiende la perecpción común al restringir la poesía, incluso dentro de lo literario, a la técnica versificadora. En tanto que canal, el verso y la rima imponen su propio mensaje, y la diferencia entre lo que pueda transmitir un poeta o un pintor de una realidad dada no es de grado o de modo, como se puede deducir de Aristóteles, sino sustancial, esto es, modificando aquello que se pretendía transmitir.  

El verso no es un habla común, no es natural en el sentido de que requiere un esfuerzo suplementario, una preparación y un plan. Versificar es un costoso artificio y una rara habilidad, y oír en verso hace evidente un artificio y un arte. La utilidad del verso es que al ofrecer una concordancia rítmica y musical en el mero sonido, libera las palabras de sus ataduras corrientes y les permite nuevas concordancias y significados, libertades que sin el soporte del ritmo se harían de muy costosa digestión o pasarían desapercibidas para quien las escucha. 

La teoría literaria y artística de Aristóteles fue desechada con la transfiguración romántica del arte, que de mero artificio reproductor pasó a ser creador de realidades. Entonces la obra de arte comenzó a considerarse como una genialidad del artista, un ser excepcional, dotado de un numen sobrehumano, trascendente.

Desechada la lógica Poética como referente de la moderna teoria literaria, el médico Josef Breuer se fijó en un aspecto menor de la obra de Aristóteles: la catarsis, es decir, la impresión subjetiva que la tragedia debía producir en el espectador. La catarsis o purificación era la justificación que hacía buena y necesaria la tragedia mediante la mejora moral del espectador; Breuer desarrolló su método catárquico para curar la histeria a través de mejora sicológica y Freud introdujo la catarsis en cultura popular. 

Lo divertido del asunto es pensar que Aristóteles consideraba la tragedia la forma poética más perfecta quizá porque era la fórmula que le producía una mayor impresión, es decir, una catarsis más íntima y profunda y todo su aparato lógico no fue más que un mero artificio con el que ensalzar su íntimo goce ante el espectáculo de la tragedia. 

miércoles, 14 de octubre de 2015

Poética, II: imitación, representación, recreación.

Poética es el arte de la imitación, dijo Aristóteles. Los traductores se empeñan en decirlo así: imitación. Sin embargo, imitar no es el verbo que mejor explica el significado de la poética, su verdadera sustancia, que es representar, recrear

Aristóteles discute sobre el origen del término poetica y en su discurso recorre su relación con el hacer, con la ejecutoria, con la acción y el actuar. Pero no hace falta recurrir a Aristóteles, la acción poética enlaza de forma directa con la tragedia en cualquier circunstancia y ocasión, sin necesidad de traductor o filósofo alguno, por una simple, repetida y universal asociación mental que hace que el actor actúe.

Reconocemos una leve distancia pero una gran diferencia entre imitar y recrear. Son las que van de la vida a la muerte. Si acaso, a medio camino entre ambas, podríamos representar

La representación es el punto donde la acción poética enlaza con la política. Aristóteles encuentra la medida de esta diferencia en un tono. La mención a la política se encuentra al analizar la tercera de las partes de la tragedia: la manera de pensar: que define como poder decir lo que está implicado en la acción y lo que viene al caso, es decir, el arte narrativo. Aquí, dice, los antiguos presentaban  a sus personajes en tono político mientras que los actuales recurren a la retórica. Ahí lo deja Aristóteles, pero convendría recordar que son estas sustanciales tonalidades las que definen la calidad política mucho más que las aparatosas de las formas de la arquitectura gubernamental.

Para conocer cómo es la política de un país basta conocer su teatro y los gustos de su público. Un país que ame el buen teatro no consentirá de ninguna manera una mala política.

Inmaculada Concepción de María
Video electoral del PP



jueves, 24 de septiembre de 2015

Poética, I. Tragedia y comedia.


Suceso dramático, sin duda, ¿pero cómico o trágico?

La comedia es, tal como dijimos, imitación de personas de baja estofa, pero no de cualquier defecto, sino que lo cómico es parte de lo feo. Efectivamente, lo cómico es un defecto y una fealdad que no contiene dolor ni daño. 
Poética, V. 

Hay un daño evidente, luego no es comedia. La juventud y la belleza que le es propia dificultan la risa. Qué distinto el chiste si fuese un viejo el atropellado. Qué ridículo un viejo con toda su vida hecha ( ¿malgastada?) exigiendo emoción a su vida. 

Leyendo los detalles de la noticia descubro que salía de el joven salía de una discoteca. Eso puede matizar el elemento trágico de su belleza perdida, puesta en duda por la estupidez y el vicio. Lo imaginamos borracho, estúpido, superficial. Todo lo ligero ayuda a lo cómico, incluso cuando viene en forma de velocidad, mientras no implique también potencia, masa, gravedad. El tren debe pasar veloz y más rápido aún debe desaparecer el jóven. El impacto no debe ni oirse ni verse.   

Así, la tragedia es la imitación de una acción seria y completa, de una extensión considerable, de un leguaje sazonado, y en la que tiene lugar la acción y no el relato, y que por miedo de la compasión y del miedo logra la catarsis de tales padecimientos.

Poética, VI.

Poco más nos dice la noticia del joven. Iba con un amigo, tropezó y cayó a la vía. El amigo no consiguió sacarlo. Un infortunio. Pero no alcanza la tragedia. La acción está decidida, tenemos toda la información, pero necesitamos más. ¿Qué? Nos falta emitir juicio, necesitamos calificar los hechos y al joven. He aquí la quid. 

Para hacer tragedia del suceso requerimos una extensión considerable con el objeto de juicio. Necesitamos pues poner esta extensión entre nostros y el joven, elevándolo, ennobleciéndolo para sentir compasión por su desgracia. De otro modo necesitamos sentirnos extensión de ese joven, es decir, indentificarnos con él, como un iguala nosotros, o como un hijo, o como un hermano, para sentir el miedo del que habla Aristóteles, que no es otro del miedo a nuestra propia desgracia. 

viernes, 4 de septiembre de 2015

6. El libro como caja, IV. La jaula de violencia.


Lo dice Bernardo Ortín en una impresindible entrevista en Jot Down.

Bernardo es consejero de comunicación, un coacher seguidor de la escuela de la PNL, (Programación Neurolingüística) -un curandero, vamos- y por eso se meten con él; porque su arte no es científico. ¡Vaya por Dios! ¿Acaso es científica la dirección de películas? ¿Lo es la música? ¿Y acaso no pueden estudiarse? Más aún, ¿acaso no es necesario estudiar una y la otra? 

Pero vuelvo a la tesis de Ortín, que relaciona libros y violencia. Por supuesto, Ortín no se ha molestado en probar su afirmación de modo científico, aunque no sería difícil, ya que otros han demostrado que el mundo es cada vez menos violento (1,2,3,4,5) y de ahí a correlacionar esta tendencia con algún índice de alfabetización, desarrollo lector y/ producción editorial, no hay más que un paso. De cualquier modo, sospecho que a Ortín no le importa gran cosa demostrar su afirmación, sino entenderla y darla a entender, es decir, transmitirla de modo congruente con su propia cosmovisión del mundo y que resume con un refrán papúa:

El conocimiento tan solo es un rumor hasta que llega al músculo.

Con este feliz hallazgo, esta frase redonda, Ortín revela la verdad fundamental sobre la que se asienta su trabajo y se levanta el edificio instrumental de la PNL: Pensamos con el cuerpo. 


La dicotomía alma/cuerpo ha sido una ilusión occidental, cristiana, neoplatónica, que nos ha dado la fuerza para elevarnos ¿o quizá arrastrarnos? más allá de donde hubiéramos creído posible. Dejando atrás el cuerpo, mediante la ilusión y la locura de un alma inmortal, la humanidad -y no solo unos pocos elegidos- se hizo partícipe de lo divino y, por tanto, en cierto modo, todopoderosa. 


Es cierto que hoy son precisamente las religiones del Libro las que nos parecen reserva de la mayor intransigencia. El Libro Sagrado, cerrado a cal y canto, inmutable en generaciones, dogmático, excluyente, es la armería de la ortodoxia fundamentalista. Bien, pero hay que ponerse en antecedentes y consecuencias. ¿Cual es el antecedente del Libro? Ningún libro, ningún escrito, el mundo sin Ley, la arbitariedad y el imperio de la contingencia, la total inseguridad, el miedo y la irreflexión: el gobierno de la violencia. ¿Y cual es la consecuencia al Libro? Dos libros, la versión admisible, la relectura, la comparación, la reflexión, la elección. La conlusión es que los libros encierran la violencia del mundo. Cuantos más libros, más violencia encerrada.  

La lectura es una actividad súmamente estática hacia fuera. Mientras se lee, se reposa. No hay más violencia que la ejercida hacia dentro. Don Quijote se metió en andanzas y pendencias cuando dejó de leer. La pausa es comprensible, aún más, es necesaria para la salud del cuerpo. La lectura continuada es propia de enfermos. Un cuerpo sano se harta de leer, de permanecer leyendo, tragando letras y palabras, y debe reequilbrarse. La trampa está en que la postración de los músculos acompaña a una intensísima actividad de otros órganos: el corazón se encoge con sus lecturas preferidas, las emociones se disparan, falta el resuello, la imaginación bulle. Hay un enorme desequilibrio corporal y resulta vital descargar las tensiones acumuladas. Una solución es la escritura. Ahí se vierte lo leído, vomitando palabras, o mejor, cagándolas, es decir, ya digeridas. La perdición del Quijote fue que quiso reescribir su inquietud y desequilibrios en el mundo en vez de devolverlos al papel, de donde los obtuvo. De esta manera reeditó en el mundo las violencias que sus lecturas habían guardado. 

Leo aquí sobre la gente que lee sin  parar. El artículo los pinta de un modo benévolo, como gente normal, incluso un tanto elogioso, ponderando su afán de superación y su entereza frente a las dificultades de la vida. Pero a mí no me engañan. ¿Qué no harían estas mujeres y hombres si dejaran de leer? Pues embarcarse en pendencias, pretender el amor, buscar novedades, quebrar la paz y provocar la aventura, recrear los crímenes y violencias leídas y vividas. Cuidadito con ellos. 



miércoles, 6 de mayo de 2015

Emboscados en la lectura. Ernst Junger.

El lector es un ser que necesita ocio igual que necesita aire para respirar; vive alejado de los negocios. Si no encuentra ocio, se lo tomará en cualquier circunstancia. Cuando los padres notan que en su hijo hay un lector digno de ese nombre esconden los libros, apagan las luces. No puede pasarles desapercibido que la participación del niño en la vida diaria va disminuyendo, que su laboriosidad, su atención e incluso su conducta marchan de mal en peor. 

A la vez crece el impuslo instintivo que lleva a emprender tanto excursiones ideales como excursiones fantásticas. Este impuso echa raices en la vida cotidiana; pone en peligro el mundo real.

La Emboscadura. Ernst Junger.


viernes, 6 de marzo de 2015

La emboscadura. Ernst Junger.

Vemos como el ser humano está llegando a una situación en la cual se le exige que él mismo genere unos documentos calculados para su propia ruina. 

Al ser el único entre ciento en poner no en la papeleta, lo que hizo fue cooperar a una estadística de la autoridad.

El votante se encuentra en el aprietro siguiente; lo ha invitado a tomar una decisión libre un poder que no piensa atenerse, por su lado, a las reglas de juego.

Ya en las votaciones resulta a menudo difícil decidir dónde caba el derecho y dónde la violencia. 

A medida que va creciendo la adhesión de las masas, también va creciendo la desconfianza respecto a ellas. Cuanto más se aproxima la cien por cien la cifra de votos buenos, tanto más crece el número de sospechosos.

El gran peligro es que el hombre confie demasiado en las ayudas de otros y, cuando faltan aquellas quede desvalido. Todas las ayudas hay que pagarlas.

Opínese lo que se opine de ese mundo de la seguridad social, de los seguros, de las fábricas, de los productos farmacéuticos, de los especialistas, el más fuerte es el que puede renunciar a todas esas cosas.

Una mortalidad mínima en tiempos tranquilos no da la medida de la verdaera salud; de la noche a la mañana puede trocarse en lo contrario. Y aún es posible que esta mortalidad mínima genere epidemias antes desconocidas. 

Todas las comodidades hay que pagarlas. La situación de animal doméstico arrastra consigo la situación de animal de matadero.

Optimismo es una consciencia de poder generada por la velocidad.

O bien poseer un destino propio o bien tener el valor de un número. 

Es cierto que en todo buen médico es preciso que haya algo de sacerdote; pero la idea de reemplazar al sacerdote solo puede ocurrírsele al médico en unos tiempos en que se ha perdido la noción de los límites que separan la salvación de la salud. 
(De ahí que, se piense lo que se piense de todas estas imitaciones de medios y formas espirituales que se llevan a cabo mediante métodos terapéuticos - imitaciones, por ejemplomdel examen de conciencia, imitaciones de la confesión, de la meditación, de la oración, del éxtasis, etc; tales imitaciones no irán más allá de los síntomas, si es que no resultan incluso perjudiciales).

En realidad la inviolabilidad del domicilio se basa en el padre de familia que aparece en la puerta de su casa acompañado de sus hijos y empuñando un hacha en la mano. 

Una y otra vez se comprueba que bastan dos o tres apaches para alborotar barrios enteros.

El ser humano se encuentra en el interior de una gran máquina pensada para aniquilarlo.

Da igual que la caza se mueva por este o aquel sitio, con tal que lo haga entre los filopos, entre las redes que la encaminan a un sitio determinado. 

Hoy numerosas personas han tenido la experiencia de que todo racionalismo lleva al mecanicismo y todo mecanicismo a la tortura.

El repartir de modo diferente la riqueza no significará aumentarla -significa, antes bien, aumentar el consumo; eso es algo que puede observarse en los bosques que estaban cedidos para su aprovechamiento a los campesinos. Sin ningún género de duda la parte del león se la lleva la burocracia,

Del reparto lo único que perdura serán las cargas; lo que queda del pez que era común a todos son las espinas. 

El hombre ha de recorrer senderos utópicos a los que el progreso otorga una transfiguración perspectivista. El progreso pondrá delante del ser humano espejismos tales como el poder mundial, los estados ejemplares de termitas, los reinos de la paz perpetua.

El emboscado no puede permitirse el indiferentismo.

La tarea del emboscado consiste en marcar frente a Leviatán las medidas de una libertad válida para una época venidera. No cabe enfrentarse con meros conceptos a ese adversario. 


Ernest Jünger.

5. El libro como caja, III. Los mil y un libros.

¿A quién se le ocurrría hoy re-escribir Moby Dick? Peor aún, ¿quién se atrevería a hacer varar a Moby Dick en una playa de Macondo para despertar la transformación unos niños desamparados en una feroz tribu de salvajes. Tal cosa se tomaría enseguida como desvergüenza comercial, una pésima provocación; en cualquier caso, un pastiche literario reflejo de una época decadente y sin auténtica creatividad, un intragable mendrugo hollywoodiense. 

Tan alta estima se tiene hoy por la originalidad literaria que ni siquiera al autor le es dado versionarse. Si te repites serás como mucho un autor de género. Convence al público de que tu repetido error se debe a una pulsión interior, a una psicopatía artítica y puede que hasta te conviertan en autor de culto, pero literariamente serás siempre serie B. En la mayor parte de los casos, sin embargo, el plagiario de sí mismo viene a ser como el cornudo satisfecho del siglo XVII, un miserable que prostituye su obra. 


El libro como obra artística ha heredado las cualidades de la reliquia: es una prolongación biológica del santo, un remanente de su poder. Se entiende así que la obra de arte sea irreproducible por un tercero y apenas por su mismo creador, ya que tanto lo valioso en ella es el milagro que la produjo y que apenas se contiene entre las tapas del libro. Esta veneración icónica del Libro, alimentada por la avaricia de los herederos del artista, de su Iglesia, ha llevado al absurdo de que los derechos económicos por autoría se cumplan no sobre la edad de la obra sino sobre la muerte del autor, pues éste, cual si fuera un poderoso mago, mantiene el influjo y potestad sobre sus creaciones mientras camina por el mundo, un poder que sólo comienza a debilitarse tras su muerte. 

En fin. Olvidémonos del milagro atrapado en el libro, olvidémonos de la santidad del texto, rompamos los iconos literarios y sumémonos alegres y confiados a esta Reforma imparable. Recordemos viejas historias, recortándolas y recontándolas, reinterpretándolas de nuevas formas y maneras. Enfrentemos a un renacido Ulises con gigantes molinos robóticos, permitamos que celebre despues su batalla  con su amigo Simbad en una larga noche de farra y que en la madrugada se batan por el amor de Karenina, intercalemos historias de hombres comunes transformados en insectos, de donjuanes arrastrados a los infiernos, de arrebatados amores adolescentes y pasemos también nostros la noche en vela, mil y una noches.

La Tijera. Ernst Junger

La predicción se mueve en el interior del calendario y del tiempo mensurable; el profeta, en cambio, no se rige por las fechas, sino qu es él quien las instaura.

El ethos pedagógico es propio de los poderes temporales y espirituales; y el arrepentimiento forma parte de la pñorción autodidacta de la existencia.

Cualquiera que sea el punto en el que se ponga fin al camino, -mejor sería decir: en el que se lo interrumpa-, el camno encierra una totalidad.

La meta es posible siempre y en todos los puntos; el peregrino la lleva consigo, igual que lleva consigo su reloj. Si se concibe el camino como un via crucis, entonces la cruz está presente desde el inicio.

Lo que llama la atención de las utopías de nuestro siglo es que se presentan con el estilo de la ciencia y que son pesimistas.

El avance del cálculo y de su aplicación práctica hace imparable la transformación de la sociedad  en puras cifras o números. ...ello hace que la participación de los individuos en la sociedad vaya convirtiéndose cada vez más en una participàción estadística.

En los laboratorios permanece intacto el ethos de Occidente -Arquímedes trazando, en la Siracusa en llamas, círculos en la arena, Plinio el viejo viajando hacia el Vesubio en los días de su erupción. El avión que sigue emitiendo señales de radio mientras se precipita a tierra.

Lo que ocupa nuestro ánimo en presencia de Stonehenge no es tanto lo que aquellos hombres desconocidos construyeron cuanto lo que planificaron. 

El plan no exige su ejecució; ésta pñuede resultar incluso perjudicial.

Un plan, cuando raya en la perfección, como les ocurre a las celdillas del panal con el hexágono, puede oponer una resistencia prolongada en el tiempo.

Los cuentos los narra la abuela; el mito, el padre que regresa de la guerra.

Si tiene uno disgustos con  su mujer, eso repercute también en su salud y en sus finanzas -esos tres bienes son interdependientes. Cuando aprieta el zapato, no lo hace en un  solo sitio.

Nada es más peligroso que la riqueza sin poder.

El lector es un ser que necesita ocio igual que necesita aire para respirar; vive alejado de los negocios. Si no encuentra ocio, se lo tomará en cualquier circunstancia.

No sólo existe  un instinto de conservación vital,. también hay un instinto de conservación ideal.

Una versión más floja que la del lector ideal es la del estudioso en su cuarto de trabajo. También aquí hay libros, pero la intención de conseguir algo es más fuerte; crece el desasosiego. El investigador está vuelto al Árbol del Conocimiento; el lector, al Árbol de la Vida.

Mucho más frecuente que la espiritualización, que libera del miedo, es el aumento de la sensibilidad, que lo hace crecer. 

Lo que importa de los escritos sagrados o tenidos por tales no es tanto entenderlos cuanto entenderse con ellos, lograr un contacto íntimo. San Agustín  llega a declarar que la oscuridad de una sentencia divina es útil "en la medida en que , al ser entendida por uno de una manera y por otro de otra, produce y saca a la luz varias opiniones verdaderas".

En lo hondo del pozo penetran las raíces, pero no las miaradas.

Alguien viola las leyes hasta tal punto que es preciso dictar contra él una condena. La acción de ese hombre, vista horoscópicamente, era necesaria y, en el sentido del todo, se ajustaba incluso a una moral más alta.

La palabra que está de moda por el momento es "posmodernidad"; designa una situación que existe desde siempre. Se llega ya a ella cuando una mujer se coloca en la cabeza un  sombrero nuevo.

El hombre que considere importante "saber lo que el mundo quiere" hará bien en acer carse a la técnica de la física y la biología" En ellos echará en falta menos cosas que en los pensadores, los cuales están casi siempre inficionados de política. También hay que prevenir contra los historiadores; se envilecen hasta el punto de convertirse en meros peones y cómplices del periodismo.

El impuslo instintivo de excavar desde los combustibles fósiles hasta el uranio, en busca de energías que se trasmutan en utopías, no actua ya con economía, sino como un despilfarrador que dilapidase su herencia por una idea fija.

Lo que incita a subir al Everest no son las vistas que desde allí se tienen, sino el récord.

(Sobre el anuncio de trasplantar de cabeza de a un perro). El mero pensar en semejante cosa suscita ya problemas de alcance general. ¿Puede seguir habándose de trasplante en este caso? En él el cuerpo sería más bién lo secundario; sería el apéndice.

Ernst Junger. La Tijera. 

martes, 10 de febrero de 2015

4. El libro como caja, II. La apropiación del mundo y el discurso lógico.

El libro físico, con su tapa y su contratapa, cerrado por arriba y por abajo, es en sí mismo una caja. Muchas cosas se quisieron cerrar en esta caja: el mundo entero.

Comenzando a extenderse entre finales del Imperio Romano y principios del medievo, el libro es una carpeta de legajos portable y ordenada, y su generalización tiene lugar en un contexto de máxima crisis política e inseguridad intelectual. En medio del derumbe del Mundo Antiguo y las referencias el triunfo del monoteismo, este libro portado, portátil, ordenado, venía a ser un arca del Tesoro, un tabla de salvación para los saberes y tradiciones de aquella Antiguedad que naufragaba en un cataclismo general. En este momento crítico y caótico, tan necesitado de certidumbres, el libro/caja se antojó un último refugio, una promesa firme de supervivencia, un resumen del mundo, allí se guardó lo más valioso, lo que merecía ser salvado.

Sucede que el libro/caja, cerrado en su simple estructura, siendo como es un batiburrillo, un cajón, se advierte sin embargo como un solo discurso, un único documento, y el hecho aparentemente irrelevante, formal, de su sellado, aparece como una garantía de autenticidad. El libro es en sí un meta-documento acabado, terminado. principio y Fin. Alfa y Omega.

Ni judaismo ni cristianismo fueron ni pudieron ser religiones del Libro antes de la invención de este libro/caja cerrado y acabado. Así que ambas religiones vivieron siglos de tradiciones, ritos, creencias, gnosticismos e incluso los más diversos politeismos. 

Alcanzar un cuerpo doctrinal canónico im-preso y sella-do costó al cristianismo ferocísimas disputas en sus primeros siglos, odios teológicos que aún hoy no han sido superados. Solo hay que atender a las cautelas que el catolicismo romano todavía guarda de cualquier nueva traducción de la Biblia para entrever las fauces las ser aquellas sangrientas disputas de la fe. Toda esa furia y ese poder encierra cada una de las versiones de la biblia cristiana o judaica. 

Que el Libro es Uno llegó a ser tan asumido e indiscutido como lo es hoy otro muerto: la novela. En el siglo XVI muchos europeos comenzaron a escandalizarse de encontrar en la Biblia varias versiones de los mismos hechos. Al menos dos historias del Génesis se entrelazaban como serpientes, los Números mosaicos no coincidían entre sí ni los doctos conseguían ponerse de acuerdo en las cronologías del Mundo. Aquellos reformistas, aquellos protestantes, herejes de la fe, relaxos del dogma, rebeldes de la Iglesia, antipapistas, contestatarios, aquellos ávidos lectores de la Palabra querían uniformidad, coherencia, un discurso lógico, unicidad en el Libro. Descubrieron las versiones de Dios pero prefierieron la uniformidad de la Razón. 

La ilusión del discurso único del libro, de su coherencia, de su íntima lógica, surgió de su forma, no de su mensaje. El libro/caja nació como museo, como recensión, como recopilatorio, como cajón de sastre. Por confusión, mediante tropo fenomenal, la forma se impuso a la materia y el libro se hizo acto unívoco de un solo autor, de un solo sentido, de un solo Dios. Hoy, esta caja le servirá de ataud a ese pensamiento unísono. 

domingo, 18 de enero de 2015

3. El libro como caja, I.

Tapado por arriba y por abajo, el libro es una historia cerrada, presa en su caja. 

Siempre hay una primera edición, que puede ser corregida y aumentada, en especial si tratamos de un ensayo, pero nadie espera que un libro cambie en lo sustancial. Si hablamos de novela, apenas admitimos pequeñas correcciones. Otra cosa sería un engaño, o el reconocimiento de un fracaso.  ¿Alguien imagina que desaparezca un personaje de la trama? ¿Que se presente la misma historia con finales alternativos? Mira, en esta versión Macondo se transforma en una gran ciudad, los Buendía se establecen como tenderos y acaban por ser los dueños de una gran cadena de supermercados. ¡Oh, malditos productores de Hollywood! En cualquier caso, una versión -la buena- acabaría por eclipsar a todas las demás.

Un autor con orgullo literario jamás dejará que toquen su obra, o al menos no lo reconocerá al público. Aún menos se le ocurrirá decir que reescribe la obra de otro; admititrá como mucho influencias, cuantas más mejor, para que se vea su amplio mundo y nadie pueda acusarle de plagio o siquiera de ser un subproducto, un -mal- imitador

Se reescriben -actualizan- diccionarios, obras técnicas y la guía de teléfonos -cuando existía tal cosa, claro-. Y sí, bueno, los eruditos pueden hacer resúmenes o compendios de los clásicos, ediciones críticas, actualizadas y en ese plan, pero no dejan de ser interpretaciones de un ideal perfecto, la obra original cuyo genunino espíritu  busca capturar y encerrar el especialista para hacerlo comestible al no iniciado. También se pueden reescribir historias de siempre para niños, que ahí si hay manga ancha, pero hacerlo para adultos sería, pues eso, adulterar la obra original, sacrosanta, acabada, perfecta. 

Quedán solo las traducciones, aunque en realidad tampoco cuentan pues de lo que se trata es -como siempre- de captar la obra original. ¿No habrá traducciones mejores que los originales? Nooo! eso es imposible!  

Así que el libro, la obra del artista, es una momia, un cadáver embalsamado como los de Lenin o Ho Chi Min, un cuerpo incorrupto que adorar, un fetichismo, idolatría.  

¿A donde quiero llegar? 
Pues a esto: que el libro-caja está muerto. 
Siempre lo estuvo, en realidad. 



jueves, 8 de enero de 2015

2. Del beneficio de escribir y del trabajo de leer.

Decía Cioran que escribir un libro es un tipo de cura, una terapia. Es así. Escribir un libro es un exorcismo, una liberación del alma. Uno puede quedar agotado de escribir, pero al mismo tiempo se sentirá restablecido poniéndole fin. Así que volver al libro una vez terminado es una obligación enfermiza, nauseabunda y morbosa. ¡Se acabó!

En cambio leer un libro es siempre un esfuerzo, un trabajo más o menos duro. 

Claro, hoy día se confunden tantas cosas tras la voz de trabajo que ahora me veo obligado a explicar, o a recordar, más bien, qué es el trabajo, o qué fue, en su origen. Pues me estoy refiriendo al trabajo original, que no es otro que comer, alimentarse, digerir... y cagar. Éstas son las primeras obligaciones humanas y la mierda el primer fruto de nuestro trabajo, el primer símbolo de la propiedad y la primera mercancía. El dinero, aún hoy apestoso, arrastra el tufo de su origen.

También reconocemos esta realidad del trabajo cuando tratamos con la infancia. ¡Cuántas veces hay que obligar a comer a un niño! ¡Y cómo les aplaudimos su cacas, sus primeros logros, los frutos de sus esfuerzos! Sí, lo hacemos para que se vuelvan fuertes y cojan seguridad en sí mismos. 

Al olvidar la genuina naturaleza y función del trabajo los economistas modernos lo confunden todo, el culo con las témporas, como quien dice, y el problema es que en esta confusión nos movemos los demás, obligados a ofrecer la propia mierda al primer extraño que pase por ahí. ¡Vergonzoso!

No divago, de verdad. Cada día compruebo que los lectores ponen tanto cuidado en lo que leen como en lo que comen, y para comer, lo primero es confianza. La comida de casa es siempre la mejor. Funciona lo propio, lo sabido, y ya luego la recomendación, de  los amigos, de los conocidos, o de las voces de autoridad. Con la ampliación de las redes personales en internet algunos tradicionales canales de autoridad se han visto desbordados. El escaparate del librero se ha quedado pequeño y el crítico es uno más de entre mil. Los lectores siguen las recomendaciones de aquellos a quienes ya leen y de otros lectores que leen lo mismo que ellos. Así que uno no puede presentarse ante la gente con su truño recién puesto y pedirles que lo prueben sin más: mirad, he estado muy enfermo y esto es lo que he expurgado, aquí mis puses, ahí mis humores. . . Este es un proceder realmente penoso para todos.

¡Pero se acabó! Creo haber dado con la solución. Escribir debe dejar de ser una dolencia oculta, debe hacerse pública. El escritor debe mostrase en su enfermedad, trastornado, paciente, sufriente. Puede que su mal repugne, sí, pero su dolor también moverá a la compasión y a la solidaridad. Así el trabajo de comprender al enfermo será más llevadero. Escritor y lector vivirán en la misma esperanza, el uno de poner fin a postración y el otro a su trabajo. Una vez el libro esté acabado, escritor y lector podrán, cada cual, descansar de lo suyo.